Aug 7, 2006

El pescador

YO, NO TE VOY A REGALAR EL PESCADO, MEJOR TE VOY A ENSEÑAR A PESCAR eso fue lo que dije justo antes de recibir un golpe en la mandíbula que me dejó tumbado en el suelo y del que desperté unos segundos después siendo auxiliado por mi agresor.

Era un sábado por la mañana y ese fin de semana había decidido salir a acampar. Me fui a uno de esos hermosos parajes que hay en nuestro México y puse mi casa de campaña a las orillas de un lago, detrás de mí se podía ver el inicio de un bosque y frente, atravesando el lago las luces de una población de esas en las que la gente bien acostumbra para comprar su casa de campo.

Soy un profesionista clase mediero, trabajo en una consultora, vivo con mi mujer y mis hijos en un departamento rentado en la colonia Roma de la Ciudad de México, mi automóvil es un modelo '94 que le compre a uno de mis cuñados que tiene un buen puesto en el gobierno federal. Siempre he considerado que el trabajo engrandece al hombre y que, lo mejor para combatir la pobreza es la creación de más empleos y no la dádiva.

El fin de semana en cuestión me encontraba encabronado con mi esposa por la manera de educar a los niños así que tome nuestra casa de campaña, unos aditamentos para pescar que me regalaron hace años en un cumpleaños y me decidí a pasar un fin de semana libre de tensiones.

Arribé el viernes por la noche, armé lo que sería mi dormitorio y dormí apaciblemente. El ruido de los juniors esquiando en el lago me despertaron ya entrada la mañana, me refresque en el agua, me vestí y procedí a lanzar mi anzuelo para ver que pescaba. Tomé un libro de que había echado en la mochila y espere a que cayera algo. Un par de horas más tarde ya tenía dos truchas, les saque las vísceras con mi navaja, las clave en unas ramas que previamente humedecí, las condimenté y puse sobre una improvisada fogata.

En esas estaba cuando a lo lejos vi que una persona se dirigía hacia mi. Era un hombre de unos 30 años, delgado. Su ropa, si es que se le puede llamar así a los remedos que vestía se notaban ya desgastados. Su rostro demacrado sonrió al verme y estirando la mano en señal de pedimento me pidió que le regalará algo de comer.

Es ese momento recordé aquella famosa fábula de Confucio y le respondí la frase de "Mejor te voy a enseñar a pescar"

Mi agresor se llamaba Alberto, era un joven oriundo de la población vecina, su madre siempre sirvió en las casas de campo que ahí hay pero había muerto hace un par de años. Él, gracias a los sacrificios de su madre, tuvo la oportunidad de irse al DF a estudiar medicina en la UNAM pero, por el cada vez mayor desempleo no había conseguido trabajo, así que regreso a su tierra a ver que podía hacer.

En un principio puso un pequeño consultorio en el que atendía a los turistas accidentados pero con el incremento de las visitas de gente adinerada al lugar el ayuntamiento decidió apoyar la construcción de una pequeña clínica privada. Por desgracia es este lugar no tuvo chance de laborar pues solo contrataban a egresados de escuelas particulares, así que decidió bajar el costo de su consulta y atender a los lugareños. De esta manera vivió un tiempo hasta que hace unos días llegaron las farmacias de similares y con sus consultas a 20 pesos le quitaron a su de por si ya escasa clientela. Su consulta no podía cobrarla en menos de 50 pesos por que necesitaba juntar para la renta del local y sus implementos mínimos, así que no le quedo otra que cerrar su consultorio y buscar empleo.

Ya tenía semanas así y no conseguía nada, su ropa ya se había roído de tanto caminar, todas sus cosas las había empeñado y dormía donde le agarraba el sueño. Su comida la obtenía por pequeños trabajos realizados pero, dado que daba mala imagen al pueblo y el turismo se molestaba de ver pobres en la calle, las autoridades lo echaron de la población. Eso fue el jueves y desde ese día vagaba por las orillas del lago buscando quien le diera algo de comer.

Por eso cuando le dije la frase de Confucio me golpeo con las fuerzas que le quedaban. Pero no era malo, solo fue el hartazgo lo que le hizo pegarme. Ese día le invite a comer y lo traje a vivir con mi esposa y conmigo, buscamos el auxilio de nuestras familias y lo apoyamos para que pusiera de nueva cuenta un consultorio y, desde ese sábado estoy convencido que muchas veces, antes de enseñar a pescar hay que regalar el pescado.